Estuve en Montevideo en 2022, y todavía puedo cerrar los ojos y sentir la brisa salada del Río de la Plata rozándome la cara. Fue uno de esos viajes donde no necesitas hacer demasiado para sentir que estás en el lugar correcto. Fui a ese hermoso lugar tras dos años de encierro por la pandemia del COVID-19, ahí no solo encontré una hermosa calma, sino ¡libertad!

Montevideo tiene ese ritmo lento y amable que te invita a quedarte. No es una ciudad que grite, sino que susurra con brisa de río y olor a café recién hecho. Al llegar, uno siente que el tiempo se estira un poco más que en otros lugares, como si la ciudad misma te ofreciera una pausa.
Pasear por la Rambla, ese extenso abrazo costero que bordea el Río de la Plata, es casi un rito. Caminar al atardecer, cuando el cielo se tiñe de rosa y naranja, y el sol se acuesta detrás del horizonte acuático. La gente sale con su mate bajo el brazo, mirando el agua como si conversaran con ella. Hay una calma contagiosa en ese ritual.
El faro de Punta Carretas y otras razones para amar Montevideo
Estuve hospedada por una semana en el hotel Mercure, frente mismo al río de la Plata y la Rambla. Desde mi balcón pude disfrutar de amaneceres y noches increíbles con la vista de la ciudad. Por las tardes iba a caminar y en unas de mis salidas llegué hasta el faro de Punta Carretas. ¡Amo los faros!
Está en una pequeña península de rocas que se adentra en el Río de la Plata. Me senté cerca, sobre unas piedras rodeadas de flores, y lo observé mientras el sol empezaba a bajar. No había multitudes, ni ruido, solo el sonido del agua golpeando con suavidad y alguna gaviota dando vueltas en el cielo. «Ojalá alumbrara y guiara mi vida como a los barcos en la noche oscura», pensé.

Montevideo no busca deslumbrar, pero lo consigue sin esfuerzo. Volví al Faro de Punta Carretas más de una vez durante ese viaje. Me gustaba ir en distintos momentos del día: al amanecer, cuando la ciudad aún no se despereza del todo, o al atardecer, cuando el cielo se llena de tonos tibios y el río parece un espejo.
Esa fue solo una de sus puertas. Porque apenas doblás una esquina, te espera otra historia. El casco antiguo, la Ciudad Vieja, es pura personalidad. Calles adoquinadas, balcones de hierro forjado, y un aire de nostalgia que se mezcla con la vida bohemia de sus bares, librerías y cafés. En el Mercado del Puerto probé un asado inolvidable, con esa generosa hospitalidad uruguaya que te hace sentir en casa aunque estés a kilómetros.
El corazón antiguo de Montevideo
Una tarde en Montevideo decidí cambiar el río por los edificios. Caminé desde la Rambla hacia el centro, dejándome envolver por las calles y balcones. Llegué al Teatro Solís casi sin buscarlo, pero me detuve frente a él como si lo hubiese estado esperando. Es uno de los teatros más antiguos y prestigiosos de América Latina, y verlo por fuera ya es un espectáculo. Sus columnas neoclásicas, la entrada majestuosa, los detalles que recuerdan a los teatros europeos del siglo XIX… Hice la visita guiada y fue una de las mejores decisiones del viaje. El interior es una joya: elegante, íntimo, lleno de historia.

También pasé por el Palacio Salvo, ese gigante de estilo ecléctico que parece salido de un sueño entre gótico y art decó. Desde abajo impresiona, pero desde dentro debe sentirse como un viaje en el tiempo. No llegué a subir, pero verlo desde la Plaza Independencia fue suficiente para quedarme largo rato contemplando.

Después de quedarme un buen rato contemplando el Palacio Salvo —ese gigante nostálgico que parece custodiar la Plaza Independencia—, decidí volver sobre mis pasos. El sol empezaba a bajar, y sentí esa llamada suave que solo Montevideo sabe hacer: la del atardecer en la Rambla.
Cuando llegué cerca del hotel, el cielo ya comenzaba a teñirse de colores cálidos. Vi cómo el sol bajaba lento, sin apuro. Hice varias fotografías como para poder capturar esos maravillosos instantes, aunque nada supera los recuerdos de mi mente.

Montevideo no tiene el vértigo de otras capitales, y eso es justamente lo que la hace inolvidable. Es una ciudad que se respira, que se escucha y se camina con pausa. Volví con el corazón lleno. De mate compartido, de conversaciones suaves, de cielos inmensos sobre un río que parece mar. Si alguna vez sentís que el mundo va demasiado rápido, te recomiendo Montevideo. A mí me enseñó a caminar más lento, y a disfrutar de cada paso.
- ¿Tenés algún recuerdo especial de Montevideo? Contame el más lindo.
- ¿Tenés alguna recomendación para quien viaja a Montevideo por primera vez?
- ¿Te gustaría conocer la capital uruguaya?




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